!QUÉ ESPANTOSAS PENAS!

abril 26, 2010

¡Qué espantosas penas!… ¡No comemos, ni dormimos, ni nos movemos!

Espiritualmente encadenados… nuestra “vida” consiste en llantos y estridor de dientes. ¡Esta se desliza entre humo, odiando en los tormentos! ¿Lo oyes? nosotros aquí tragamos el odio como agua; también el uno contra el otro. Pero, sobre todo, nosotros odiamos a Dios.

Quiero que tú lo comprendas. Los bienaventurados en el cielo deben amarlo… Pues ellos lo ven sin, velos, en su belleza deslumbradora, lo cual los hace de tal manera felices, que no es posible explicarlo. Nosotros lo sabemos, y este conocimiento, lleno de rabiosa envidia y de acusadísmo pesar por no haber alcanzado también nosotros esa misma felicidad eterna, nos vuelve furiosos…

Los hombres en la tierra no ven a Dios, pero por la creación y la revelación lo pueden conocer y debieran sentirse estimulados a amarlo, aunque no estuvieran obligados a ello.

El creyente -y te lo digo rechinando los dientes- que medita y contempla a Cristo, con sus brazos clavados en la Cruz, pensando en el gran sacrificio, a que sólo por puro amor, se sometió el Verbo encarnado para redimir y salvar a los mismos que le crucificaban y a todos los pecadores, acabará por amarlo… Pero aquel, a quien Dios se le acerca sólo en el tormento, como castigador o justo vengador contra el que antes mucho le ofendió…, como acontece con nosotros…, éste no puede hacer otra cosa que odiarle con toda la fuerza de su malvada voluntad y “eternamente”, en fuerza de su libre aceptación de estar separado de Él. Esta resolución de odio que gritábamos al morir en la tierra, se perpetúa en la eternidad y nunca la retiraremos.

Así, puedes comprender ahora, como el infierno durará eternamente: Es porque nuestra obstinación, nuestra terquedad nunca se apartará de nosotros, a pesar de la infinita bondad divina.

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