Ya metida en las diversiones mundanas

abril 28, 2010

Ya metida en las diversiones mundanas

Tú te espantaste cuando yo, en cierta ocasión, en un paseo, te dije que mi padre, algunos días antes de mi primera Comunión, me había dicho: Anita, esfuérzate para merecer un hermoso vestido, lo demás son puros cuentos… por no decir mentira…

Tu sobresalto me dejó algo impresionada; mas ahora solamente me provocaría a despectiva risa.

Lo único “razonable” que había en aquellas exageraciones era que se admitía a la primera Comunión tan sólo a los doce años. Yo entonces me encontraba ya metida en las diversiones mundanas… y así ninguna impresión saludable dejó en mí la primera Comunión, no le di importancia.

El que ahora muchos niños sean admitidos a la primera Comunión a eso de los siete años…nos enfurece. Hacemos todo lo posible para que la gente crea y se convenza que a los niños les falta la adecuada preparación. Nos “alegra” que antes hayan cometido algún pecado mortal…

Entonces la blanca Hostia no les hará gran provecho; en cambio ahora la fe, la esperanza, la inocencia bautismal son fuerzas vivas en ellos. Tú te acordarás que éstas eran mis ideas cuando estaba viviendo con ustedes.

Te he mencionado a mi padre. Pues bien, muchas veces reñia con mi mamá. No te lo decía entonces a ti por verguenza. Más esta vergüenza la juzgo ahora como gran “ridiculez”… Porque aquí, entre nosotros, nos ufanamos de haber pecado…

Mis padres ya no dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, y mi padre en el cuarto de al lado, para estar libre y poder llegar a cualquier hora, Bebía mucho, despilfarrando así nuestro patrimonio. Mis hermanas trabajaban, pero necesitaban para sí lo que percibían. Mamá también empezó a trabajar y ganar algo.

En el último año de su vida, mi padre le pegaba mucho a mamá cada vez que no le daba dinero para sus bebidas…; en cambio conmigo fue siempre muy amable. Un día -ya te lo conté y tú entonces te enfadaste por mis caprichos (¿de qué no te enfadabas conmigo?- Un día, hasta dos veces, me complació devolviendo mis zapatillas, porque la forma y el tacón no me parecieron conforme a la última moda.

La noche en que mi padre tuvo su ataque de apoplejía mortal sucedió algo que yo, por temor de una interpretación desagradable, nunca me atreví a manifestártelo. Pero ahora estoy obligada a decírtelo… Es muy importante esto: que entonces, por vez primera, fui acometida por el espíritu atormentador que ahora tengo.

Dormía yo en el cuarto de mamá, la respiración regular me decía que su sueño era profundo; más he aquí que, de improviso, se me llamó por mi nombre. Una voz desconocida me interrogó: “¿Qué harás, si tu papá muere?.

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