octubre 27, 2020

VISIÓN DEL INFIERNO (Parte dos)

ANA CATALINA EMMERICK:

Dice  que es  ”un país de infinito tormentos,  un mundo horrible y tenebroso”.   Muchas veces, cuando ella iba al cementerio a orar por las almas,  sentía quiénes estaban condenadas.  Dice:   “Veía salir como un vaho negro que me estremecía de algunos sepulcros. En  estos casos,  la idea viva de la santísima justicia de Dios era para mí como un ángel que me libraba de lo que había de espantoso en tales sepulcros”.

SANTA TERESA DE JESÚS :
Nos cuenta:  ”Un día murió cierta persona,  que había vivido muy mal y por y por muchos años.  Murió sin confesión,  más con todo esto no me parecía  a mí que se había de condenar.  Estando amortajado el cuerpo,  vi muchos demonios tomar aquel cuerpo y parecía que jugaban con él…  Cuando echaron el cuerpo en la sepultura,  era tanta la multitud de demonios,  que estaban dentro para tomarle,  que yo estaba fuera de mi de verlo y no era menester poco ánimo para disimularlo.

Consideraba qué harían de aquella alma,  cuando así se enseñoreaban del triste cuerpo.  Ojalá el Señor hiciera ver esto que yo ví a todos los que están en mal estado,  que me parece fuera gran cosa para hacerlos vivir bien»  (vida 38, 24).

LUCIA DE FÁTIMA:

Cuenta en sus “Memorias”  la visión del infierno aquel 13  de  Julio  de  1917: “Vimos  como un mar de fuego y sumergidos es este fuego los demonios y las almas,  entre gritos y gemidos de pavor.  Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas como negros carbones en brasas.  Nuestra Señora nos dijo entre bondad y tristeza:  Habeis visto el infierno a donde van las almas de los pobres pecadores.


Catequesis del Venerable Juan Pablo ll,  28 de Julio del 1999:

» El infierno como rechazo definitivo de Dios».

1.-  Dios  es Padre infinitamente bueno y misericordioso.  Pero,  por desgracia,  el Hombre,  llamado a responderle en la libertad,  puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón.  Renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él.  Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno.  No se trata de un castigo de Dio infligido desde el exterior,  sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida.  La misma dimensión  de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse,  en cierto modo,  a la luz de algunas experiencias nuestras  terribles,  que convierten la vida,  como se suele decir,  en  «un infierno».
Con todo, en sentido Teológico,   el infierno es algo muy diferente:  es la última consecuencia del pecado mismo,  que se vuelve contra quien lo ha cometido.  Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida.

2.–  Para describir esta realidad,  la Sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico,  que se precisará progresivamente.  En el Antiguo Testamento,  la condición de los muertos  no estaba aún plenamente iluminada por la Revelación.  En efecto,  por lo general,  se pensaba que los muertos se reunían en el sheol,  un lugar de tinieblas (cf. Ez 28,8,31,  14; Jb 10,21ss;  38, 17;  Sal 30, 10; 88, 7,  13),  una fosa de la que no se puede salir (cf. Jb 7,9),  un lugar en el que no es posible dar gloria a Dios (cf. Is 38, 18;  Sal 6,6).

El Nuevo Testamento proyecta nueva luz sobre la condición de los muertos,  sobre todo anunciando que Cristo,  con  su Resurrección,   ha  vencido  la muerte y ha extendido su poder liberador también en el reino de los muertos.
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Sin embargo,  la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al hombre acoger con libertad.  Por eso,  cada uno será juzgado  «de acuerdo con sus obras» (Ap 20,13). Recurriendo a imágenes,  el Nuevo Testamento presenta el lugar destinado a los obradores de iniquidad como un hombre ardiente,  donde «será el llanto y el rechinar de dientes»  (Mt 13, 42;  cf. 25, 30, 41)  o como la gehenna de  «fuego que no se apaga» (Mc 9,43).  Todo ello es expresado,   con forma de narración,  en la parábola del rico epulón,  en la que se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva,  sin posibilidad de retorno o de mitigación del dolor  (cf.. Lc. 16, 19_31).

También el Apocalipsis representa figurativamente en un «lago de fuego» a los que no se hallan inscritos en el libro de la vida,  yendo así al encuentro de una «segunda muerte» (Ap 20,13ss). Por consiguiente,  quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio,  se predisponen a «una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder» (2 Ts 1,9).

3.  Las imágenes con las que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente.  Expresa la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios.  El infierno,  más que un lugar,  indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios,  manantial de vida y alegría.  Así resume los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia Católica: «Morir en pecado Mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios.  significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de auto exclusión definitiva de la Comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» CIC. No. 1033).

Por eso la «condenación»  no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios,  dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado.  En realidad,  es la criatura la que se cierra a su amor.  La «condenación»  consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios,  por elección libre y confirmada con la muerte,  que sella para siempre esa opción.  La sentencia de Dios ratifica ese estado.

4.  La fe cristiana enseña que,  en el riesgo del «si»  y  del  «no»  que caracteriza la libertad de las criaturas,  alguien ha dicho ya «no».  Se trata de las criaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y a las que se llama demonios (cf. Concilio lV  de Letrán:  DS  800_801).  Para nosotros,  los seres humanos,  esa historia resuena como una advertencia:  nos exhorta continuamente a evitar la tragedia en la que desemboca el pecado y a vivir nuestra vida según el modelo de Jesús,  que siempre dijo «si»  a Dios.

La condenación sigue siendo una posibilidad real,  pero no nos es dado conocer,  sin  especial revelación divina,  si los seres humanos,  y cuáles,  han quedado implicados efectivamente en ella. El pensamiento del infierno y mucho menos la utilización impropia de las imágenes biblicas no debe crear psicosis o angustia;  pero representa una exhortación necesaria y saludable a la libertad,  dentro del anuncio de que Jesús resucitado ha vencido a Satanás,  dándonos el Espíritu de Dios,  que nos hace invocar «Abbá,  Padre» (Rm 8, 15; Ga 4,6)


Esta perspectiva,  llena de Esperanza, prevalece en el anuncio cristiano.  Se refleja eficazmente en la tradición litúrgica de la Iglesia,  como lo atestiguan,  por ejemplo,  las palabras del Canon Romano:  «Acepta,  Señor,  en tu bondad,  esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa (…),  libramos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos».

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